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Infecciones en la piel
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By Sabor y Salud
Published on 04/25/2008
 

La piel constituye una barrera de protección frente a las agresiones externas. Nos protege de múltiples agresiones.

En el ambiente que nos rodea sobreviven múltiples gérmenes. La piel con su capa externa denominada epidermis, la dermis y el tejido celular subcutáneo impiden que esos gérmenes penetren en nuestro cuerpo.


Infecciones en la piel

Por José A. Tabush Clare
Dermatólogo
jtabush@saborysalud.com

La piel como defensa

La piel constituye una barrera de protección frente a las agresiones externas. Nos protege de múltiples agresiones.

En el ambiente que nos rodea sobreviven múltiples gérmenes. La piel con su capa externa denominada epidermis, la dermis y el tejido celular subcutáneo impiden que esos gérmenes penetren en nuestro cuerpo.

Sobre la epidermis se acumulan una serie de secreciones producidas por diversas glándulas situadas en la piel, que constituyen el denominado manto ácido lipídico. Este manto tiene propiedades químicas como el pH ácido que consiguen eliminar bacterias e inhibir el crecimiento de hongos.

En la epidermis se produce una continua descamación de células provenientes de las capas más profundas, existiendo entre ellas a la vez, interconexiones que evitan la penetración de cualquier microorganismo hacia el interior.

En la dermis y en el tejido celular subcutáneo hay una gran cantidad de vasos de pequeño calibre y capilares. Cuando se produce una herida, no se activa únicamente el sistema de la coagulación para evitar la pérdida de sangre por los vasos rotos, sino que se ponen en marcha también las defensas. Se activan los glóbulos blancos, en contacto con elementos extraños al organismo como los gérmenes. Existe una destrucción de microorganismos de forma directa por la acción de anticuerpos o de sustancias liberadas por las células del sistema de defensa, o bien mediante la ingestión de dichos gérmenes por parte de los glóbulos blancos (mediante un proceso denominado fagocitosis). Si la entrada de gérmenes es importante, se produce una reacción local en la que fruto de la lucha sostenida, se destruyen microorganismos y células. Todo ello puede llegar a formar un magma de material necrótico (muerto), habitualmente llamado “pus”. Este material tiende a ser eliminado hacia el exterior, lo cual facilita la curación de la infección.

Desde el exterior, cuando se inicia la infección lo único que advertiremos es la aparición de una zona inflamada. Esta inflamación es consecuencia del aumento del diámetro de los vasos con el fin de conseguir un mayor flujo de sangre a la zona en peligro. Esta primera reacción se denomina “flemón” constituyendo una zona mal definida, dolorosa, edematosa (hinchada), roja y caliente. Conforme se va produciendo la destrucción de elementos celulares, se constituye un material purulento fluctuante pero bien delimitado, rodeado de tejido inflamado, que se denomina “abceso”. El “abceso” tiende a abrirse hacia el exterior destruyendo el tejido situado por encima (apareciendo una úlcera) o mediante la formación de un trayecto de salida o “fístula”.

Las heridas infectadas

En la piel existen gérmenes que si la penetran pueden ser nocivos. Entre ellos destaca el “Stafilococo”, responsable de la mayor parte de las infecciones cutáneas. Cuando una herida se infecta, pueden aparecer los fenómenos comentados en el apartado anterior. Se vuelve roja, edematosa y caliente, apareciendo a continuación una secreción de aspecto sucio y maloliente. La causa más frecuente es una mala limpieza de la misma. Por ello, la principal prevención reside en una adecuada limpieza y eliminación de cuerpos extraños, así como evitar el contacto con la suciedad.

Ésta es la principal razón para proteger o vendar una herida, sin que se produzca su maceración. Un ambiente cerrado y poco transpirable puede facilitar el crecimiento de gérmenes más agresivos, como ocurre cuando una herida se cierra en “falso” o está situada en un pliegue de la piel. La falta de oxígeno favorece el crecimiento de estos gérmenes denominados “anaerobios”, y la maceración de la misma por humedad y secreciones, puede facilitar el anidamiento de hongos sobre la misma. En todo caso, el tratamiento pasa por una limpieza de la herida con eliminación de cualquier material o tejido necrótico. Los antisépticos son útiles si son aplicados correctamente y durante un tiempo suficiente (varios minutos). El agua oxigenada destruye gérmenes de forma eficaz por la acción del oxígeno. El alcohol es capaz de eliminar la capa protectora de muchas bacterias debilitándolas y favoreciendo su destrucción. El empleo de antibióticos debe ser evaluado por un facultativo, quien debe decidir la oportunidad de su utilización por vía tópica (para infecciones leves o no complicadas) u oral (a veces la única forma de que llegue correctamente a la zona infectada).

La presencia de una infección en la herida dificulta su cicatrización. Deben ser especialmente cautas las personas inmunosuprimidas o con una mala vascularización de la piel como los diabéticos. En estos casos, la prevención pasa por evitar la aparición de cualquier herida, manteniendo en buen estado la piel (eliminando durezas, hidratándola adecuadamente, etc...).

Consejos

Las heridas deben ser limpiadas de forma conveniente eliminando cualquier cuerpo extraño o suciedad. Para ello, podemos aplicar agua a presión sobre la herida.

  • Una vez limpia la herida, aplicar algún antiséptico dejándolo actuar al menos durante cinco a diez minutos. Podemos emplear cualquiera que tengamos a mano (alcohol, agua oxigenada, etc.) vigilando su caducidad y la buena conservación del envase.
  • Tapar la herida, sólo para protegerla de la suciedad o roce, o en el caso de que sangre para evitar la hemorragia. Para ello podemos emplear vendas o paños limpios hasta que sea valorada por un servicio médico. Si la herida es amplia, puede exudar un líquido seroso que al contacto con el aire se vuelve pegajoso. En estos casos, no aplicar algodón o tejidos filamentosos sobre la herida.
  • Vigilar periódicamente la herida por si apareciera cualquier signo de infección, sobretodo si tiene que estar cubierta o está oculta por algún pliegue.

Precaución

Acudir a un servicio médico cuando:

  • Se observe alrededor de la herida una hinchazón o enrojecimiento muy doloroso, que separe los bordes de la misma.
  • Aparezca un líquido sucio y maloliente por la herida.
  • El fondo de la herida deje de tener un aspecto rojo o “carnoso”, apareciendo en su lugar un tejido de aspecto desvitalizado, blanco o verdoso.

Cuando se infecta una herida, si no se evacua el pus, se dificulta su curación. Nunca debe ser manipulada por personal no preparado, debido al riesgo de favorecer la extensión de la infección o incluso el paso de gérmenes a la sangre.
Deben vigilarse con especial atención las infecciones situadas en la región perinasal, por la proximidad de vasos que se comunican con la sistema circulatorio (sobretodo venoso) del cerebro, y las que se encuentran cerca de un hueso (antepierna) por el riesgo de que la infección se propague hacia esa zona (osteomielitis).